El dee jay y productor habla de Connected, el documental de Netflix sobre su concierto en el Colón, y sobre las expectativas de la cultura electrónica de cara a una nueva realidad.

Como tantos amantes de la música electrónica, Hernán Cattáneo también padeció el descrédito “eso es sólo punchi punchi” y la asociación inmediata con el éxtasis narcótico.

Tanta erosión anímica le provocaban esos prejuicios, que el dee jay y productor porteño se empeñó en subvertirlos. ¿Cómo? Bueno, mediante un concierto especial en el teatro Colón, que se realizó a comienzos de 2018 y cuya factura puede relevarse en Connected, un documental recientemente estrenado en Netflix.

“Cuando empecé a vivir en el país de nuevo, a llevar a mis hijas al colegio y a interactuar con todo el mundo, me di cuenta de que la música electrónica tenía una imagen muy mala. Si no te relacionaban con las drogas, era con la noche. Me molestaba bastante… Cualquiera que piense lo que quiera, ¿no? Pero sentí que todos esos preconceptos no eran de la música, sino del contexto”, dice Hernán Cattáneo vía Zoom, lo que permite ver una pared similar al muro de Berlín repleta de vinilos.

“De la misma forma que no todos a los que les gusta el fútbol son barrabravas, no todos los amantes de la electrónica están dados vuelta… Tampoco la única forma de escuchar música electrónica es en un boliche a las cuatro de la mañana. Dejame aclarar algo importante, no tengo ningún problema con eso”, amplía el pinchadiscos, emperador del progressive house y aglutinador de multitudes en cualquier festival o discoteca del mundo. En la vieja realidad, claro. 

Cattáneo le compartió esa sensación molesta a Cruz Pereyra, su mánager y amigo de toda la vida, con la idea de pensar cómo neutralizarla. “Y pensamos: ‘¿Qué tal si agarramos la música y la llevamos a un terreno que sea neutral, un lugar al que la gente no entre con preconceptos? No a las cuatro de la mañana, no con toda la gente apretada bailando. Vamos a ir a otro lado’. Y ahí fue que Cruz me dijo: ‘Podríamos hacerlo en el teatro Colón, que es lugar más respetado de la Argentina’. ‘Vos estás loco, ni nos van a atender el teléfono’, le contesté”, revela.

“Connected” fue un espectáculo pensado para liberar a la electrónica de ciertos prejuicios. (Prensa Hernán Cattáneo)

Pero evidentemente algo pasó.

–Sí, por suerte Cruz es muy cabeza dura y le gustan los desafíos. Y al tiempo de esa charla yo estaba girando por Europa y me dijo: “Vamos a tener una reunión con la gente del Colón”. Casi me vuelvo nadando. Otra cosa que pasa es que la gente escucha electrónica en un boliche o en un festival y se basa en el golpe para que uno baile y se mueva. En el Colón no iba a hacer falta darle ímpetu al beat, sino que el énfasis musical iba a estar puesto en la melodía. ¡Tenía una orquesta de 50 músicos! Qué mejor oportunidad. Estaba harto de que me dijeran: “No, la música electrónica es todo punchi punchi”. No es así.

¿Cómo resolviste el enfoque del concierto?

–Un dee jay en el Colón ya era algo controversial, había mucha gente en contra. OK, tengo mis fans a los que no tengo que justificarles nada, pero esto estaba apuntado al otro público. Por eso me dije: “No quiero ir a algo tan comercial, pero tampoco a otra cosa muy underground”. Entonces, hice un recorrido por la música que me influyó desde que soy chico. Depeche Mode, Giorgio Moroder, efectitos de Pink Floyd, pasajes de los Chemical Brothers. También himnos del house como Promised Land, bandas como The Orb y solistas como Moby. Armé un gran collage musical de 90 minutos y en formato de dee jay, porque todo estaba mezclado y con efectos.

¿La lógica sinfónica permitió eso?

–Cuando vas a un concierto, la orquesta interpreta una obra y para. En este caso, quise que todo estuviera empalmado. Cuando la orquesta paraba, yo metía algo progresivo porque es lo que soy como dee jay. El concierto debía tener mi impronta. Esa mezcla de músicos electrónicos (Baunder y Oliverio, mis compañeros de estudio) con la orquesta de 50 músicos y los invitados (Richard Coleman, Leandro Fresco, Javier Zucker, Mercurio) daba una selección espectacular.

Cattáneo fue un niño que entró al mundo de la música por influencia de sus hermanas mayores. (Prensa Hernán Cattáneo)

De generación en generación

De generación en generación

En el documental, Hernán Cattáneo pondera a sus hermanas mayores, que lo avivaron, le abrieron el camino de la música. Y añade que esa lógica se replica con sus tres hijas: la mayor le setea el gusto a las dos más chicas.

“La más grande es fanática de Harry Potter. Y la más chica veía la saga a sus 6 años, cuando Harry Potter no es para niños de esa edad. Cuando sos el hermano menor, tenés tantas ganas de estar con tus mayores y sentirte como ellos que vas a consumir lo que te digan. Entonces, ahora mi hija mayor escucha Billie Eilish y mi hija menor termina en la misma, aun cuando no tenga la edad para comprenderla”, analiza.

“Me pasó lo mismo: cuando tenía 8 años, mis hermanas ponían El Lado Oscuro de la Luna, de Pink Floyd, y yo estaba ahí, a pocos días de haber escuchado el disco de El Zorro o el de Gaby, Fofó y Miliki. Yo estaba escuchaba eso, venía mi hermana, se apoderaba del equipo y ponía Pink Floyd. Fue una bendición, visto desde hoy. En el documental, digo que pasa lo mismo, mi hija menor termina gustando de lo mismo que mi hija mayor. Si estuviera sola, quizás, estaría más enganchada con Peppa Pig”, completa.

Ahora que te veo con tantos vinilos a tus espaldas te pregunto, ¿cuántos tenés y cómo te relacionás con ellos?

–Tengo cerca de 15 mil, creo. Porque, claro, arranqué a juntar discos entre los 8 y los 9 años… y sigo hoy, que acabo de cumplir 56. No es que me compraba 100 discos de un día para el otro. Son muchos años de juntar tres discos por semana. En alguna mudanza, encontré algo que no me interesó más y lo regalé, pero en general me quedé con todos. Porque los melómanos somos muy fanáticos de nuestros discos. Y si te digo la cantidad de espacio que ocupan y el peso que tienen en relación con lo que los uso, la cuenta no da ni loco. No importa, necesito tenerlos, saber que están ahí. Es mucho más que decir “colecciono discos”. Javier Zucker y Carlos Alfonsín tienen muchos más discos que yo.

¿Los tenés a todos en tu casa?

–En una época, tenía muchos en la casa de mi mamá. Y cuando volvimos de Europa, me pude hacer una casa lo suficientemente grande para tenerlos a todos conmigo. Durante muchos años los tuve repartidos. Los de mi infancia y juventud los tenía en lo de mi mamá, y al resto en otros lugares.

La pandemia cortó en seco al fervor de las fiestas electrónicas multitudinarias. Para colmo, veníamos con una inercia importante en ese aspecto. ¿Cómo te imaginás la pospandemia? ¿Le encontrás sentido a fiestas con burbujas y distanciamiento?

–Yo soy un tipo optimista. Y quiero pensar que vamos a volver. No exactamente a lo de 2019, cuando hice un último Forja que fue una cosa soñada, de los mejores shows que hice en toda mi carrera. Tampoco quiero agachar la cabeza y que me digan; “Bueno, vamos a hacer una fiesta para 500 personas, separadas unas de otras por 10 metros”. Me niego a aceptarlo. En el medio de todo, encontré formas de llegarle a la gente por medio de mis streamings.

Que fueron muchos.

–Sí, hice streamings desde mi casa, desde el aeropuerto, desde Bariloche con el eclipse. Y ahora estoy preparando algo… Para mí, hacer una fiesta con la gente sentada no es una fiesta. Si la gente va a estar sentada, prefiero hacer otra cosa. Así como pensé qué puedo hacer para cambiar ciertos preconceptos en torno a la electrónica, ahora pienso qué puedo hacer si la gente va a estar sentada y no puede bailar. Siempre con la perspectiva puesta en empezar a bailar. Fin de año, ponele, aunque no con los números de antes. Se puede hacer otro tipo de cosas; al aire libre, por ejemplo. En Europa, en la segunda mitad del año se están planeando festivales. Un dee jay con el brazo en alto y la gente sentada no me convence. No me parece mal que otros lo hagan, pero yo prefiero buscar otra cosa.

Nick Warren y Hernán Cattáneo, tirando magia en el teatro Colón. (Prensa Hernán Cattáneo)

Un retiro feliz

Un retiro feliz

¿Cómo te pegó la separación de Daft Punk?

–Va de vuelta: yo soy vasollenista. Siempre. Y trato de pensar en que lo que hicieron en 20 años fue revolucionario e importantísimo. Crucial para el mundo de la electrónica. Si se querían separar tenían todo el derecho; ya habían dado todo. Si bien de haber seguido yo hubiera estado expectante con respecto a la vuelta de tuerca que le darían a su música, hay que festejar lo que hicieron. Mirá si mañana se retira Messi, tenés mil horas de goles y jugadas para revivir. Lo de Daft Punk no me lo esperaba, no había mucha info… Ellos eran tipo Apple: no sabés qué van a sacar hasta que lo sacan. Si se querían separar, se lo ganaron, insisto.

En la respuesta tiraste el tópico del retiro. ¿Se lo plantean en la electrónica aun cuando no hay un techo etario?

–No quiero ser pesado con el optimismo, con el vasollenismo… Imaginate: empecé poniendo música en mi casa para mis dos hermanas; después lo hice en fiestas de 15 y al toque desarrollé una carrera lenta, pero ascendente: de poner música en fiestitas para 50, pasé a ser residente de Pachá, la mejor discoteca de Argentina. Eso fue antes de que me fuera con Paul Oakenfold a dar vueltas por el mundo… Con el tiempo, me quedé viviendo 15 años en Europa, gané premios… O sea, no podría pedir ni un día más. Si hoy me llaman y me dicen: “Listo flaco, se acabó”, sólo tendría que preguntar “¿A dónde tengo que ir a agradecer por todo lo que viví?” Dicho esto, apunto que no hay nadie diciéndome que se terminó. Y hay una cosa de sentido común: si pasara de vender 20 mil tickets en Córdoba a 200, pensaría que ya no les interesa mi música, no tengo problemas. Pero, a su vez, hay un par de cartas que tengo guardadas, cosas que este ritmo de vida y la popularidad no te lo permiten.

¿Cuáles son?

–El día que no tenga la popularidad de ahora, me encantaría hacer una noche chiquitita. Con música soul & funk y en compañía de Zucker. Y otra cosa que me encantaría hacer es un programa de radio a la antigua, de esos que a la noche, tarde, el conductor invita a alguien a hablar de música. Onda “traete los discos que te gustaban de chico y los escuchamos, los analizamos”. Ese programa de radio requiere que estés en el estudio todo el tiempo… Y en los últimos 20 años me la pasé viajando sin parar todas las semanas. Me veo perfectamente después de los 60 haciendo estas cosas. No sé si es autoengaño, pero me hace perderle el miedo al retiro. Me espera una buenísima después de esta fase.

Por último, Hernán. Hace unos días dijiste que vivir afuera es enriquecedor…

–(Interrumpe) Me sentí un tonto después porque en la forma en que lo dije daba para ser malinterpretado… Dije “irse a vivir afuera un año o dos, y después volver y ser mejor”, pero el título fue “irse a vivir afuera es lo mejor que te puede pasar”. No dije eso. Mala mía, debí darme cuenta, porque ya tengo experiencia, debo tener cuidado con las cosas que digo. No el periodista sino el editor pone el título que tiene ganas y después no hay remedio, pocos leen la nota para entender el contexto de la respuesta. Me dio lástima porque un montón de gente debe pensar que soy un tarado o un antipatria. Nada que ver. Hubo un poco de mala leche del editor de Infobae y otro poco de mala mía por no ser muy cuidadoso. Por otro lado, yo hablé sólo de mi experiencia: yo era un desastre y mejoré viajando por el mundo.