20 años atrás, el gastado salón de baile del centro Unione e Fratellanza se transformó en una sala de cine. En esa pared donde probablemente se colgaban carteles escritos en italiano, ahora se proyectarían películas hasta el cansancio. 

El cineclub todavía no había abierto al público y Daniel Salzano –periodista, escritor y cráneo de este espacio cultural– ya lo había condenado a perdurar. 

“El día anterior a que el cineclub abriera, Salzano fue entrevistado por el diario y dijo una frase que nunca  voy a olvidar: ‘Este cine se abre para perdurar’. Yo pensaba ‘estamos tratando de abrir y él ya habla de perdurar'”, evoca Guillermo Franco, uno de los que acompañó a Salzano en la creación de este centro cultural. 

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Guillermo Franco (Pedro Castillo)

Franco, programador del cineclub municipal Hugo del Carril desde ese entonces, formó parte de ese puñado de personas que impulsadas por el amor al séptimo arte tocaron todas las puertas que hizo falta para que Córdoba consiguiera este espacio.  

Consultado sobre esos días de gesta y gestión para llevar adelante el proyecto, Franco decide recordar un momento icónico para él: “Un día me llama Daniel y me dice ‘venite rápido porque nos van a mostrar un espacio en el boulevard San Juan’. Yo me bañé, me cambié y hasta me perfumé. Cuando llegué no lo podía creer, el lugar era mucho más de lo que nosotros ambicionábamos, era diez veces más de lo que soñábamos”.

Es que, sin duda, un aspecto clave del cineclub, además de la programación, fue la excelente ubicación que consiguieron para montar el proyecto, en una zona céntrica, transitada y muy cerca de la parte con vibra más joven de la ciudad.

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Así era la fachada del cineclub en el 2001, sus características perduran hasta hoy (La Voz/ archivo)

“Si nosotros hacemos de Córdoba un embudo, todo desembocaría en boulevard San Juan 49”, dice Franco, y asume que cuando llegó allí lo primero que sintió fue miedo, luego se dejó llevar por el entusiasmo de Salzano que había conseguido a fuerza de insistencia el aval de la Municipalidad para financiar el proyecto. Los ediles de ese entonces eligieron Hugo del Carril como nombre a través de una votación en el Concejo Deliberante, en honor al director y productor de cine argentino fallecido en 1989. 

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Ideas que van y vienen

Con el lugar confirmado, comenzó la tarea de darle identidad. A Salzano se le ocurrían ideas como pintar de colorado toda la entrada en una especie de alfombra roja que perdura hasta hoy y es un ícono del espacio. 

La entrada del cineclub (Pedro Castillo)

Junto a otros artistas crearon la sala de los espejos, montaron la escultura del Espectador perpetuo, sumaron un bar y más tarde una biblioteca, todo en honor al cine. En palabras de Franco, Salzano era un “visionario”, una “usina de ideas”. 

Cuando falleció en 2014, el espacio y sus feligreses lo homenajearon ploteando textos de su pluma en varios rincones del cineclub y pegándolos hasta en el baño.

Hoy el arte que brota de sus paredes y de sus pisos hace que más de uno entre al lugar solo para una selfie de Instagram. “Se sacan fotos en la fachada, en la Sala de los espejos o con el cartel de neón que dice ‘Dime que me amas cineclub’”, cuenta Franco. 

Los espejos del ingreso a la sala (Pedro Castillo)

Los meses pasaron y el Hugo del Carril ya no se conformaba solo con el cine. Así fue ampliando su oferta cultural a la música y al teatro. Fue caldo de cultivo para decenas de proyectos alternativos que se cobijaron bajo su techo en invierno y se refrescaron en su patio en verano.

Hubo ciclos de todo tipo, talleres, charlas y avant premieres. Y cuando el financiamiento oficial no fue suficiente, muchas de las actividades y obras del lugar se llevaron adelante gracias a la Asociación de Amigos del Cineclub Municipal (AACM) que hoy preside Alejandro Cozza. 

Además, el devenir del lugar tenía su correlato gráfico en la revista Metrópolis, publicación mensual que contaba con textos y dibujos de periodistas y artistas locales. Era el órgano de comunicación oficial pero además era un dispositivo para detonar ideas, que se mantuvo fiel a su estilo durante 18 años y luego fue reemplazado por la publicación Dime que me amas, Cineclub! Con la crisis primero y luego con la pandemia, se mudó a la virtualidad pero promete volver al formato impreso durante este año aniversario.

220 son las butacas de la sala, aunque una está ocupada por “El espectador perpetuo” desde la primera función (La Voz/Archivo).

Desafíos 

Nadie nace sabiendo cómo llevar adelante un centro cultural por eso es interesante preguntarle a Franco cuáles fueron los desafíos para tener una programación tan variada de lunes a lunes durante los 11 meses al año que se enciende el cinematógrafo.

“Al principio fue difícil porque nadie nos conocía y, como dice el refrán, los dueños ‘atienden en Buenos Aires’. Hoy ya no es tan así, pero en aquel entonces hablarle a alguien de un cineclub a 700 kilómetros sin ninguna referencias era complicado”, dice.

Eso fue cambiando y hoy el espacio es solicitado por los realizadores de distintos puntos para estrenar y difundir sus producciones. 

Franco recuerda: “Tuve que aprender a relacionarme con productores, distribuidores y hacedores de películas. Aprendí a negociar, yo soy malo hasta para hacer las compras, pero a la hora de tramitar películas he desarrollado ciertas habilidades”. 

Es que la necesidad de poder ver filmes variados fue el motor para que este espacio abriera y fue luego la fuerza para llevarlo adelante a través del tiempo, pese a los cambios en el contexto y a la irrupción y popularización del cine on demand

¿Por qué seguir insistiendo en ver cine en una sala? Franco lo resume muy bien: “Es preservar el ritual de ver películas yendo a verlas y no prendiendo un aparato. Es ir a encerrarnos a oscuras y asistir a la magia de que alguien prenda un proyector y que el milagro suceda con todos, en un ritual común (…) Es encerrarse a oscuras con mucha gente conocida y desconocida. Emocionarse, convivir con ellos durante dos horas. Entrar diferentes pero salir parecidos habiendo pasado por una vivencia común”. 

Y a eso las nuevas modalidades de ver cine todavía no lo han igualado. 

En ese sentido Franco se considera un privilegiado que alcanzó su “sueño de pibe”. Porque cuando era muy chico perseguía las películas y calentaba butacas como pocos. Ahora trabaja de ver cine y seleccionar una programación. 

Su amor por el lugar es tan grande que cuando lo cerró con llave y muchas dudas el 10 de marzo de 2020 por las restricciones de la pandemia sintió un “dolor fuertísimo”. “Recuerdo que ese día me juré a mí mismo que tarde temprano lo iba a reabrir y la alegría fue grande ahora cuando lo abrimos y vimos el apoyo de la gente”, cierra.

Por más años

En la charla con Franco hay algo que se repite y a lo que él quiere darle valor. Es la idea de permanecer en el tiempo o, como decía Salzano, “perdurar”. 

“Este lugar ha perdurado 20 años y tiene que perdurar al menos 20 años más. Jamás hubiera pensado que todo esto se iba a conseguir. Siempre pensé que me iba a buscar alguna actividad que me permitiera ver películas a diario”, dice.

Y cuando se le consulta por los “hitos” que marcaron este espacio clave para la cultura de Córdoba, se niega a mencionarlos y a dar nombres, solo dice: “El hito es que se abra de lunes a lunes durante 11 meses a través de 20 años. Que haya una sala que tres o cuatro veces al día pase películas como las que pasamos y que haya gente que quiera verlas”.

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 14/03/2021 en nuestra edición impresa.

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