Un año atrás, cuando asomaba la pandemia del coronavirus y la parte más social de las actividades humanas se paralizaban por tiempo indeterminado, comenzó a resonar el lema “nos cuidamos entre todos”.

Esa frase, por supuesto, tiene su costado discutible cuando se piensa que es el Estado es el máximo garante de la salud colectiva en un contexto como este, pero las responsabilidades van decreciendo en escala hasta interpelarnos a todos y cada uno de nosotros. 

Entre el Estado y sus políticas macro y cada individuo hay pequeños espacios de poder en los que hay que hacer énfasis a la hora de protegernos contra el Covid-19.

En lo que a los espectáculos respecta, hay una serie de protocolos que cumplir para evitar que los espacios de ocio –tan necesarios para mucha gente– puedan sostenerse en tiempos tan difíciles y no representen un peligro de contagio que haga que la máquina vuelva a paralizarse.

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Desde VOS hemos dado cuenta durante casi un año de las dificultades que atravesaban artistas, productores, técnicos y todo el personal que hace posible que disfrutemos de cualquier show, ya sea teatro, de música o de cine. 

En todos esos espacios se establecieron protocolos que fueron en algunos casos difíciles de consensuar para atender los intereses de todos: artistas, trabajadores y  espectadores. 

Por qué nos cuesta tanto

El sábado pasado, en la Plaza de la Música, se generó una situación que puso en tensión a todos los que formábamos parte del encuentro entre Las Pelotas y su público. 

El show, como todos los previstos en este contexto, estuvo pautado para ser disfrutado desde la comodidad de los asientos y contó con varios avisos para poner al tanto a todos los espectadores sobre cuáles son las reglas que rigen en esta “nueva normalidad”. Las que generaron más malestar entre el público son la obligatoriedad de usar barbijo y la imposibilidad de pararse a bailar o “agitar”, ya que eso implica romper indefectiblemente con la distancia social.

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La producción de los eventos en el lugar dispone –desde que arrancó esta nueva etapa– que los guardias de seguridad puedan dar aviso a cada espectador que infrinja esas nuevas reglas e, incluso, como dice el anuncio que se difunde antes del show, hasta puede llegar a “invitar” a retirarse del lugar a quien no cumpla con los protocolos.

En el caso del show de Las Pelotas, el recital estuvo controlado gran parte del tiempo y los guardias dieron aviso una y otra vez a las personas que violaban esas normas de cuidado, que en líneas generales eran siempre las mismas. 

Sin embargo cuando no los veían, muchos espectadores volvían a infringirlas. 

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Ya sobre el final la cuestión se tornó incontrolable, cuando personas en varias ubicaciones distintas comenzaron a pararse, a gritar y a “agitar” sin el barbijo puesto. Para cuando sonó la canción Shine, una parte del público se desmadró y tuvo que intervenir la Policía, que sacó un hombre mientras algunos silbaban y alentaban para que todo terminara de descontrolarse. 

“Pagué 2.500 pesos y no me pueden sacar así”, gritaba el fan que fue llevado afuera entre varios policías. 

¿Nos cuidamos entre todos?

Esa pregunta es la que queda en el aire cuando ocurren estas cosas. Quienes asisten a un espectáculo en esta “nueva normalidad” debe tener en claro que las reglas cambiaron, que pese a que no es lo deseado por nadie, la posibilidad de disfrutar de shows está sujeta a la situación pandémica y sus normativas. 

No hay forma de cambiar los protocolos por más berrinche que se haga. Cada uno firma una declaración jurada en la que se atiene a cuidarse y a cuidar a los otros, al menos durante el tiempo que dure el show.

Es una cuestión social que escapa de los deseos individuales y está sustentada en recomendaciones que desde hace un año se vienen comunicando por todos los medios posibles. 

Está claro que los músicos deben cumplir su parte y los productores la suya, pero no sirve de nada si los espectadores no hacen su parte. La responsabilidad sobre aquello que pase en cada uno de los espacios es compartida y es la única forma de sostenerlos de cara a los meses que se vienen. Lo lógico es pensar que nadie quiere volver para atrás.

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