Una picardía repleta de torpezas ocupa el recorrido y peripecias de interiores de Los intrusos. El filme del debutante francés Julius Berg basado en la novela gráfica Une nuit de pleine lune de Hermann e Yves H. pone en esquemática escena a cuatro adolescentes estridentes que planean saquear la mansión rural de una pareja de ancianos.

Bajo el comando violento del punk Gaz (Jake Curran), el inseguro y gordinflón Terry (Andrew Ellis) y el medido Nathan (Ian Kenny) toman prestado sin permiso el auto de su novia Mary (Maisie Williams, de Game of Thrones) y entre hip hop, niebla de pitadas y vigilancia de largavistas aguardan desde una colina próxima la salida del hogar de sus habitantes.

Ya esa temprana escena de discusiones y malentendidos sugiere que los personajes están lejos de tener una estrategia sólida de equipo: lo que los impulsa no es la tensión focalizada de thriller tanto como el barullo relajado de la comedia.

En efecto, el ingreso en el interminable edificio –señorial frente al desfachatado porte sport de sus “intrusos”– depara tropiezos, irritación y sabotajes internos. Sin ton ni son los protagonistas rompen vidrios, desordenan, saquean ajuares y heladera, se topan con un oscuro sótano, una significativa habitación rosa de niña o un extraño video en blanco y negro de un títere-conejo que toca un piano: pistas sinuosas de los que vendrá a continuación, la llegada de la noche y con ella el retorno imprevisto de los dueños de casa.

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Primero afables y sometidos a la impulsividad exaltada de Gaz, que los hace rehenes para obtener la combinación de la caja fuerte, Richard (Sylvester McCoy) y Ellen Huggins (Rita Tushingham) revelan guardar un secreto mucho más amenazante que el vandalismo imberbe de sus atacantes: por algo el título original de la película es The owners (“los propietarios”), un subrayado de esa ironía.

El tono de sorna continuo es lo que redime parcialmente a Los intrusos, que con su acento inglés y revoltijo de géneros truculentos podría asumirse pariente deslucido de la icónica “trilogía del cornetto” de Edgar Wright: de aspirar a una parcela similar, Los intrusos se equivocó de casa. 

Como si girara las posibles combinaciones de una caja fuerte sin jamás abrirla –y, de hacerlo, posiblemente exhibiría un vacío insolvente–, Los intrusos confía en los golpes de efecto y alteraciones de rumbo por encima de cualquier sistematicidad. El paisaje arquitectónico es lo único que se mantiene fijo en este arrebato espasmódico de habitaciones imprevistas que incluyen persecuciones, mutilaciones y salpicaduras gore, bombas de humo, combates con espada y jeringas, psicosis varias y un alegórico enfrentamiento político-generacional.

Pastiche home invasion entre Los huéspedes, No respires y Los educadores, el filme ilustra una dinámica vampírica por la que los jóvenes no son capaces de tomar el poder -la propiedad- por subestimación ingenua de los mayores, errores de improvisación y desórdenes psíquicos (los “propietarios” no son solo latifundistas sino también manipuladores médicos): el plano final de bosques y prados verdes exteriores equipara la morada al planeta entero.

Los intrusos

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Comedia, policial, terror. Reino Unido, Francia, EE.UU., 2020. Guion: Mathieu Gompel y Julius Berg. Dirección: Julius Berg. Con: Maisie Williams, Sylvester McCoy y Rita Tushingham. Duración: 92 minutos. Calificación: Apta para mayores de 16 años, con reservas. En cines comerciales.

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