A favor: Patty Jenkins lo hizo de nuevo

Después de una eternidad sin poder ir a las salas de cine por la pandemia, Mujer Maravilla 2 es una buena opción para aquellos que todavía no volvieron y quieren hacerlo. Puede que sea efecto de tantos meses de abstinencia, pero ver a Gal Gadot en la piel de Diana, con su lazo de la verdad y traje dorado hará lagrimear a más de uno. 

El filme tiene una extensión de dos horas y media, pero cuando las luces se prenden al final, la sensación es que duró menos que el chasquido de Thanos. La directora Patty Jenkins vuelve a poner en pantalla una obra súper entretenida, empoderada, con villanos interesantes y una ambientación de época que es una preciosura.

Es como varias películas dentro de una película: el comienzo con una pequeña Diana en la isla Temiscira, luego como una mujer adulta que lleva una vida solitaria, la investigación en torno a la piedra que cumple deseos, la historia de amor con Steve Trevor, el épico final al mejor estilo superhéroes… Mujer Maravilla 2 va recorriendo géneros como la comedia, la comedia romántica, la acción, la aventura, el drama. Es una combinación equilibrada y eficaz de todo lo anterior, que funciona por la capacidad de Patty Jenkins para poner lo justo de cada cosa, y por un elenco más que solvente.

Gadot es magnética y construyó un personaje que llegó para quedarse. Kristen Wiig como Barbara Minerva (Cheetah) deja en claro una vez más que no sólo la comedia le sienta bien, y Pedro Pascal en el papel del empresario Maxwell Lord luce irreconocible. Los malos no son tan malos, o no lo son intrínsecamente, y por ese motivo es más fácil empatizar con ellos. 

Para los fanáticos de la superheroína, Mujer Maravilla 2 muestra por primera vez a la protagonista estrenando poderes, algo que muchos esperaban y que fue resuelto por la directora con buenos efectos especiales y emotividad. ¡Ah! No se pierdan la escena post crédito. Se van a ir del cine con la piel de gallina. 

En contra: Verdades modélicas

El poder y sus usos, el MeToo como subtexto y la matriz de filme de superhéroes se enlazan con gesto más inocuo que mágico en Mujer Maravilla 2. No hay ninguna audacia, escena, idea ni personaje destacable en la secuela de Patty Jenkins, que así hace dudar del heroísmo que destaca en la protagonista. ¿Es esta Mujer Maravilla un milagro de la política inclusiva o un ícono institucional para maquillar el status quo?

La invocación de una trama estándar a más no poder, cuyo pico fue alcanzado por Marvel Studios y no vale la pena retomar, lleva a pensar que el llamado altruista de la princesa Diana a “abandonar nuestros deseos” encubre un repetitivo aferro de cálculo burocrático al género.

El guion recurre a fundamentos arqueológicos para explicar el afán humano expansionista: son la gema del museo Smithsoniano que corrompe a villanos cumpliendo deseos –el ambicioso presentador televisivo Maxwell Lord (Pedro Pascal) y la floja de autoestima Barbara Minerva (Kristen Wiig)– y el petróleo disputado entre naciones los suministros de energías tan potentes como destructoras. Esas fuerzas ancestrales que hacen mella en un 1984 recreado sin esmero son combatidas con “verdad” modélica –también en sentido de pasarela– por la Mujer Maravilla (Gal Gadot), que sólo trastabilla éticamente un segundo cuando su contrincante le reprocha su asumida autoridad. Minerva (rápidamente arruinada por una mutación felina que la hace parecer caída de una cornisa de Cats) es con su identificación “alfa” y admiración enfermiza a la divina Diana, la única criatura con algún matiz o contradicción, aunque solo parece estar ahí para avalar a la protagonista.

La sensación es que el todopoderoso Hollywood (a quien en su Olimpo sagrado solo le hacen mella enemigos jocosos como Quentin Tarantino o subterráneos desvíos independientes) no le encuentra la vuelta a la problemática de género o racial si no es con revisión didáctica o aleccionadora: tal vez renunciando a su magnanimidad el cine se liberaría.

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