Una cosa buena dejó para la sociedad la pesadilla de Marcelo Mario Sajen. Tras su muerte, ocurrida hace 16 diciembres con el balazo que se pegó ante policías que lo habían cercado, algo cambió en Córdoba. Las mujeres víctimas de abusos comenzaron a ser atendidas por mujeres.

Parece mentira, pero tuvo que pasar el peor depravado sexual serial de todos para que alguien se diera cuenta de que las mujeres que habían atravesado ese espanto debían ser atendidas y contenidas por médicas, por psicólogas, por profesionales mujeres. 

Hasta finales de aquel 2004, en Córdoba las víctimas del violador serial (como de otros depravados) eran entrevistadas, revisadas y revictimizadas por varones en despachos oficiales. Algunos llevaban chaquetilla blanca, otros vestían uniformes azules, otros andaban de civil, otros lucían saco y corbata y tenían un Código Penal sobre sus escritorios. 

Todos eran hombres. Todos se justificaban diciendo que hacían su “trabajo” en pos del bien. Quizá lo hacían, pero no redundaban en someter otra vez a víctimas que ya habían sido sometidas. Sin contar la revictimización que, en muchos casos, ya habían provocado las familias.

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Bastó que Sajen gatillara su 11.25, poniendo fin a sus eternos años de truncar sueños, para que en Córdoba se creara algo llamado “Unidad Judicial de la Mujer”. Años después, llegaría algo denominado “Polo de la Mujer”.

Sin embargo, hasta 2004, la revictimización era una constante, brutal e impiadosa. Algunos de los que entrevistaban eran más sutiles; otros, despiadados que usaban preguntas y técnicas machistas que desgarraban. 

Cómo olvidar aquel funcionario que, delante de víctimas, arrojaba bombachas en un cajón para el ADN. 

Cómo olvidar a ese fiscal que hizo que un ayudante, frente a una adolescente violada, se sacara la remera para mostrarle si era más o menos velludo que el serial. 

Cómo olvidar a esos investigadores y sumariantes varones que, por años, laceraron a víctimas haciéndoles repetir qué había hecho el violador en sus cuerpos.

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Sin contar aquellos funcionarios que parecían regodearse. “¿Cómo ibas vestida? Vamos de nuevo, ¿vos qué hiciste? ¡Nena, cómo te vas a haber bañado después del ataque! ¿Te dijeron del test de VIH?”.

Todo sucedió por años sin que la Policía provincial, ni la Policía Judicial, ni la Fiscalía General, ni el Tribunal Superior de Justicia, ni el Gobierno de Córdoba hicieran algo para cambiarlo. 

Durante años, decenas de mujeres fueron víctimas de un psicópata –a quien se lo había dejado crecer por omisión y desidia–, para luego ser revictimizadas por un sistema machista. 

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Bastaron el e-mail de “Ana” y que Sajen pusiera fin a su propia vida para que esa maquiavélica realidad se derrumbara.

Quizá por eso duele tanto que ahora un filme, en vez de avanzar, retroceda y pegue tan bajo en lo bajo.

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 30/01/2021 en nuestra edición impresa.

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