Tras el estreno del documental Framing Britney Spears, los fans de la popstar reaccionaron contra Justin Timberlake, su pareja entre 1999 y 2002. 

Los cargos en el juicio popular fueron misoginia y lucro a partir de la a la demonización de Jamie Spears, padre de Britney, quien ejerce una tutela legal sobre ella desde hace más de 12 años. 

De hecho, el material disponible en la plataforma Hulu con producción de The New York Times se enfoca en ese “encierro” de Britney, en el impedimento de poder desarrollar su carrera sin resignar ganancias en favor de su progenitor.  

Sin embargo, la revisión de los hechos que convirtieron a la cantante en referencia de pop bailable del nuevo siglo devolvió a la memoria el trato despectivo y condenatorio que Justin tuvo con ella cuando apenas se separaron. 

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Específicamente, una parte del documental rescata las secuelas físicas y psicológicas de Britney Spears después de ser señalada como la responsable de esa ruptura. O como la que engañó al “mariscal de campo” Justin. 

Además, recuerda que esa campaña de desprestigio no sólo fue potenciada por los medios sino también por el video de Cry Me a River, de Timberlake.

Sólo basta ir a YouTube para ver cómo Justin descubre a una mujer, muy parecida a Spears, tracionándolo.

En la semana que hoy termina, un rápido recorrido por Twitter mostró a fans afirmando que Justin sacrificó la imagen de Britney en el altar público para promocionarse a sí mismo, al dar a entender que ella lo engañó; o confesando que nunca les gustó Justin y que Framing Britney Spears les demostró que su intuición siempre fue correcta.

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También están aquellos que plantean que, más allá de mostrar lo increíblemente horribles que eran los medios con Britney Spears en la década de 2000, se alegran de que el documental considere la idea de cuánto de la carrera de Justin Timberlake se produjo a expensas de mujeres como Britney.

“Justin hizo parecer, correcta o incorrectamente, como si ella lo hubiera engañado. Él tomó el control de esa narrativa”, destaca uno de los testimonios del documental impulsado por la periodista Liz Day, del New York Times, y dirigido con dinamismo y claridad por Samantha Stark.

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Ese punto de vista fue reforzado por la crítica que Mary Sollosi escribió en Entertainment Weekly: “Ese es uno de los momentos más devastadores de Framning Britney Spears. Timberlake aprovechó, sin ningún tipo de esfuerzo, el sexismo latente de los estadounidenses para presentarla rápidamente como la mala y a él mismo como la víctima”.

Y no exagera la periodista con respecto al sexismo, por cuanto apenas  recuerda el efecto conseguido con el clip de Cry Me a River, la película expone a Justin jactándose en una entrevista radial de haberle quitado la virginidad a Britney y a la misma cantante en un late show (conducido por una mujer) dando explicaciones de por qué abandonó a un chico tan bueno y angelical.

Timberlake mantuvo esa reputación sin mayores problemas hasta hace unos años, cuando se descubrió que engañaba a Jessica Biel, su actual esposa, con una compañera de trabajo. 

Por supuesto que todos marcaron la ironía: hoy, con un imparable cambio de paradigma sociocultural generado por el empoderamiento femenino, es Justin el que está puesto en discusión. Además, la causa “Cry Me a River” no prescribió. 

Timberlake y Spears, en tiempos felices. (Instagram @FramingBritneySpears)

En Framing Britney Spears, toda esta controversia en torno a Justin Timberlake llega después de un desarrollo que muestra cómo los medios construyeron a Britney como una “School Slut” (“Colegiala puta”) luego del estreno mismo del clip de Baby, One More Time (1999). 

Sobre el cierre del siglo pasado, el adulto norteamericano miraba con morbo a esta lolita de Kentwood (Louisiana), al tiempo que tenía una incontenible curiosidad sobre su vida amorosa y su gradual conversión en mujer.

Los medios, claro, no sólo crearon esa demanda sino que la atendieron permanentemente.

El filme da cuenta de ello cuando rescata la entrevista de Ed McMahon a Britney, en la que el conductor le pregunta si tiene novio y si consideró tener relaciones íntimas con él. Es el mismo intercambio en el que el conductor le consulta a la popstar sobre su busto y la reta cuando ella insinúa incomodidad.  

Sin límites

“A la hora de atacar a una mujer hay todo un aparato listo para hacerlo”, expresa Wesley Morris, otra de las plumas del New York Times involucradas en el documental. 

La sucesión de testimonios no hace más que darle la razón. Incluso, permite una subtexto que podría titularse “Machirulos contra Britney”. O “El patriarcado contra Britney”, si se prefiere algo más conceptualmente limpio. 

Uno de esos machos parasitarios y prepotentes ofrece su testimonio en el documental. Es el paparazzi Daniel Ramos, a quien Britney atacó con un paraguas en una playa de estacionamiento, tras años de persecuciones e invasión descarada de intimidad. 

A cámara, Ramos cuenta que en los comienzos Britney era una celebridad piola e incluso atenta con su trabajo, y por cuyas fotos se pagaban una fortuna. Pero no concibe que sus recurrentes abordajes impiadosos la socavaron emocionalmente. 

“Nunca nos dio ninguna pista o información que diera a entender ‘No los aprecio, déjenme en paz’”, asegura Ramos en el documental, poco después de que un video muestra a una Britney alienada gritándole claramente “¡¡¡Déjame en paz!!!”

Posteriormente llegan Kevin Federline, el padre de los hijos de Britney, con la disputa legal por la tenencia, y el mánager Sam Lutfi, un controlador obsesivo que apareció enmascarado como un buen administrador. 

Ellos son los actos de apertura del show central, que claramente le corresponde a Jamie Spears, el padre de Britney que a mediados de los ’90 luchaba contra el alcoholismo y se desentendió de las pasiones de su hija. 

No la acompañó a Nueva York cuando su prometedora carrera así lo exigía, pero sí le dijo a Kim Kaiman, directora de marketing de Jive Records, que lo primero que haría cuando su hija fuera millonaria sería comprarse un bote. 

“Ese es el único recuerdo que tengo del padre de Britney en aquel momento”, añade Kaiman.

Bueno, resulta que Jamie es el “conservator” de Britney desde 2008, cuando ella fue considerada una persona menor de edad y dispuso a su padre como su tutor legal por “cuestiones de salud mental”. 

Pero así como en su momento la artista confió en él, ahora le teme. 

Al menos eso sostiene en el filme Samuel D. Ingham III, el abogado que, en la pre pandemia, compareció ante el tribunal de Los Ángeles y sostuvo que su representada no iba a volver a los escenarios mientras Jamie siga controlando su patrimonio.

Framing Britney Spears es funcional a esa postura. Y recurre a Felicia Culotta, la amiga que sí acompañó a Britney a New York desde Kentwood y que bancó los trapos hasta la llegada (algo tardía, por cierto) de mamá Lynne Spears. 

“No entiendo para qué sirve una custodia, especialmente para alguien tan capaz de tanto como sé que ella es capaz”, dice Culotta, tras mostrar fetiches de los años tempranos de valor incalculable.

“Quedé impresionada por lo centrada y seria que era”, suma la ya citada Kim Kaiman, y Kevin Tancharoen, bailarín y director de gira entre 1999 y 2004, destaca que la cantante era “La jefa”. 

“Muy creativa, sabía lo que quería y cómo transmitirlo”, subraya. 

“Tiene la capacidad suficiente para decir ‘No quiero que mi padre sea mi tutor legal, no voy a actuar si sigue siéndolo’. Quizá no necesita un tutor”, abona Adam Streisand, exabogado de Britney. 

Claramente, Framing Britney Spears deja una advertencia sobre los aspectos abusivos de Jamie y cuestiona el respaldo judicial que obtiene. 

Es más, cree que esto es una muestra más de que en Estados Unidos el machismo no ha sido vencido ni por asomo. 

Como sea, más allá de las intenciones manifiestas del documental, en lo sugerido se ubica una señal de victoria: con Madonna blindada por su personalidad, por su edad y su mito, en los años del 2000  Britney generó las condiciones para que Taylor, Selena, Katy y Ariadna, entre tantas otras, ahora la tengan bastante más fácil. 

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