Tanto el argumento oficial de Akelarre como sus escenas de rusticidad medieval pueden conducir a engaño: sí, esta fábula de brujas y de inquisidores se sitúa en el País Vasco en el lejano 1609 y se basa en las documentadas quemas en la hoguera acaecidas durante la intolerante Contrarreforma, pero el filme del mendocino Pablo Agüero –ganador de cinco premios Goya en rubros técnicos– comparte cercanía con la distorsión del embrujo antes que con la rigurosidad del archivo.

La postal es reconocible: unos enviados del rey llegan a un pueblo lindante con un acantilado buscando criaturas satánicas que se encubren en mujeres de la zona; la llama de ejecuciones nocturnas es el saldo que dejan tras su paso.

Las víctimas apresadas en la última redada instalan la singular disyuntiva de Akelarre: el clan liderado por la temeraria Ana (Amaia Aberasturi) está integrado por jóvenes pálidas y revoltosas más afines al melodrama teen que a la lúgubre pieza de época.

En efecto, el primer interrogatorio del juez Rostegui (Alex Brendemühl) –acompañado siempre de un Daniel Fanego consejero que se limita a tomar notas con gesto circunspecto y un cura de expresiones grandilocuentes (Asier Oruesagasti)– semeja el sermón de un director de secundaria hacia sus alumnas rebeldes. La moralina trasnochada que expulsan sus palabras (“No hay nada más peligroso que una mujer que baila”, dice) es directamente proporcional al desenfado atemporal de las chicas, conflicto que el mismo filme se impone entre el subrayado del mensaje y la algarabía de su pócima.

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El acierto de la película anida en su ambigüedad intermitente, cuando el fondo histórico de rigor solemne se ve profanado por la puesta escolar de unas adolescentes que juegan a ser diabólicas: el sabbat de cierre lo comprueba con sus esbozos de maquillaje hípster y un hechizo monocorde que podría ser hit de Rosalía.

A medida que el artificio se impone –apuntalado por una fotografía de ventanas exageradamente luminosas, y bosques y riscos marítimos no menos idealizados–, el rol de la comitiva religiosa va cayendo en el ridículo. Por eso, hasta el propio Rostegui muestra intenciones de pasarse de bando y dejar el aburrido patriarcado atrás, y no solo por sus anhelos libidinosos.

El aspecto erótico de Akelarre, casi inevitable en el género brujeril, revela en su pudoroso cuidado que el filme establece algún pacto con la corrección, así sea puramente estético: aquí el diablo solo aspira a una incierta picardía.

Akelarre
Argentina, España, Francia, 2020. Guion: Pablo Agüero y Katell Guillou. Dirección: Pablo Agüero. Con: Amaia Aberasturi, Alex Brendemühl y Daniel Fanego. Duración: 90 minutos. Calificación: Apta para mayores de 13 años, con reservas. Plataformas: Netflix y Cine.ar.

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